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Nací el 17 de septiembre del año 1950, siendo el quinto de once hermanos. Mis primeros años transcurrieron en un pueblo de granjeros y madereros llamado Saint Léon Le Grand en la provincia de Québec. Como consecuencia de haber nacido en el seno de una familia pobre y numerosa mi desarrollo personal no correspondía con el de mis ideales, especialmente cuando a los 14 años mis padres me presionaron para abandonar la escuela y trabajar con mi padre en el negocio familiar cargando madera en un viejo camión y construyendo caminos en el bosque. A los 16 años, insatisfecho con mi estilo de vida y las condiciones de mi trabajo, decidí marcharme para siempre de Saint Léon y buscar mi propio camino.
En 1967 después de una breve estancia en Montreal me dirigí hacia el Oeste y después de viajar durante cinco días a bordo del tren llegué a Revelstoke, British Columbia. A mi llegada continuaba perplejo después de admirar por horas las maravillosas Montañas Rocosas que parecían testigos mudos del inicio de mis luchas y aventuras en una tierra cuya cultura e idioma diferían de mi entorno original. Aquí empecé a ejercer un arriesgado oficio al trabajar en las industrias forestales, la experiencia y el conocimiento que adquirí en esta actividad me condujeron más adelante hacia el éxito empresarial. Antes de haber cumplido un año de establecido en el pueblo ya estaba planeando marcharme a Terrace a 1,200 kilómetros hacia el Oeste en busca de mejores oportunidades laborales.
Mi experiencia en Terrace no fue muy diferente a la de un estudiante en su primer año universitario, trabajando duro cuando debía hacerlo y aprovechando los días libres para relajarme y divertirme. De lunes a viernes dedicaba largas horas instruyéndome en todo lo necesario a fin de convertirme en un experto en mi área laboral, aunque también debo reconocer que derroché muchos fines de semana en los bares locales. Cuando llegué a Terrace era solamente un adolescente desorientado pero salí de ahí siendo un hombre con madurez y experiencia, en esos seis años se forjaron en mí las cualidades fundamentales que me sirvieron para dar los primeros pasos como empresario maderero cuando decidí independizarme.
A los 24 años cansado de llevar un estilo de vida parecido al de un adolescente decidí mudarme una vez más rumbo Oeste, ésta vez a la Isla Queen Charlotte en donde trabajé durante dos años para consolidarme económicamente e iniciar mi propia compañía de extracción maderera. Para ello tuve quetrabajar largas horas seis días a la semana hasta reunir el dinero suficiente para invertir en un “Rubber Tire Skider”, mi primera pieza de maquinaria que utilizaba para arrastrar enormes troncos de madera desde adentro del bosque hasta las orillas de los caminos. En esos momentos descubrí una dura realidad: ser mi propio jefe resultaba muchomás difícil y estresante de lo que había imaginado, incluso llegué a pensar que el haberme involucrado en ese proyecto había sido uno de los errores más grande de mi vida, sin embargo el tiempo fue pasando y la perseverancia en el trabajo me permitió vislumbrar las esperanzas en mi futuro.
Los siguientes once años fui expandiendo el área de mi empresa maderera y aumentando su maquinaria hasta que en el año 1988 tenía 18 piezas de maquinaria pesada y cuarenta hombres trabajando para mí, sin embargo, ese año marcó el final de mis actividades en la explotación maderera pues tomé la decisión de retirarme del negocio ante las restricciones gubernamentales impuestas y la presión de la industria. Durante los trece años que viví en la Isla Queen Charlotte conocí a mi primera esposa, Johanne Larose, con quien procreé dos lindos niños: Jonathan Denis y Corinda Genevieve, ellos han sido mi mayor orgullo y considero los años en que ellos nacieron como los mejores de mi vida. Mientras vivíamos en Queen Charlotte llevábamos una vida modesta la que cambió radicalmente después de cerrar mi empresa y mudarnos a la ciudad de Vancouver, decisión que tomamos considerando la educación de nuestros hijos.
Vancouver marcó un cambio radical en todos los aspectos, desde mi estilo de vida hasta mis pasatiempos. Acostumbrado a trabajar duro decidí emprender un nuevo reto en una actividad diferente a la realizada por años y es así como entré en el negocio de desarrollo urbanístico y construcciones, proyecto donde podía aplicar mis conocimientos y experiencia en el uso de maquinarias. Este nuevo desafío lo inicié en Nanaimo ciudad cercana a Vancouver y que entonces tenía un rápido crecimiento poblacional. La proximidad de mi nuevo proyecto con Vancouver me permitió empezar a esquiar en Whistler, un complejo turístico reconocido mundialmente. Este deporte se volvió mi pasión y por muchos años dediqué los meses de invierno ejercitándome con tal entusiasmo que en los primeros cinco años llegué a completar más de cuatrocientos días practicándolo.
Para el final de esos cinco años residiendo en Vancouver la relación entre mi esposa y yo se fue deteriorando hasta el grado en que ya no nos mirábamos a los ojos, así que decidimos separar nuestros caminos. Este rompimiento me obligó a recomponer mi vida y un año más tarde compré un hotel en Fort Nelson al norte de British Columbia y lo llamé “Blue Bell Inn”, donde viví los diez años siguientes.
No mucho después de haber llegado a Fort Nelson conocí a Natalie Gagne quien fue mi segunda esposa y madre de Mathew mi tercer hijo, él también ha sido uno de los mayores orgullos de mi vida. El tener un hotel en un pequeño y aislado pueblo significó muchos sacrificios, especialmente por las condiciones climáticas extremas donde la temperatura descendía hasta cincuenta grados centígrados bajo cero, y la ciudad más cercana, Edmonton, estaba a doce horas de distancia. A pesar de todo llegué a tomarle aprecio al pequeño pueblo pues conocí a muchas personas y en el transcurso de una década cultivé muchas amistades entre los extranjeros huéspedes de mi hotel, aunque siempre añoré esquiar, mi deporte favorito, y la belleza natural de Vancouver. Después de diez años mi segunda relación terminó, vendí el hotel y finalmente decidí que era el momento de retirarme. Un año antes de que esto sucediera, un amigo mío, Richard Hape, me había enviado a Nicaragua como asesor de un proyecto de extracción de madera, en ese momento descubrí este bello país y todo lo que tiene para ofrecer. Llegué a Managua el día de mi cumpleaños número cincuenta y cuatro, y una vez más me enfrenté a un nuevo desafío al tener que aprender español, logro que me ha permitido alcanzar uno de mis grandes sueños, el haber escrito mi primer libro: “El Rey del Emperador”
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